Pájaros
En el acelerar de los coches, ruido externo desconocido,
algún genio deambulará por la calle demasiado seguro
de saber hacia dónde va,
quizás ese sea el factor que lo lleve directo al abismo.
Tercio en la estantería,
ahumado paladar en la pequeña cueva
y el perro dice que hoy tampoco sale,
que prefiere que las espigas bailen en su ausencia.
En los próximos días retornan los pájaros que,
recién aprendieron a volar, vuelven a sus nidos.
Por allí vuelan
cada pocas horas, todos juntos aunque inmersos en
silencio,
con la paradoja de tener los picos llenos pero los
estómagos vacíos.
Aguardan volver al soleado verano de los sembrados.
Y es curioso ver
cómo el vació va sumiendo a la ciudad,
cómo las voces más mancebas surgen exhaustas,
cómo el templo recibe, una vez desolado, a las lenguas ajenas:
acomplejada Torre de Babel que no llega ni a creérselo.
Qué tenues son las luces de los pisos
y qué rápido se marchitan poco a poco
en parpadeos cada vez más débiles.
Cómo torna el cielo de esas aves
en un color naranja abrasador,
ahora que emigran de la urbe.
Y sobre estas horas,
cuando la soledad y el tintero forman unión
no retengo otra imagen entre sus vistas
que aquellas formadas por palabras.
Similar a un potente y sabroso néctar
que sabes de sobra que podría estar envenenado;
áspero y placentero,
así es el momento,
cómo una eterna caída que nunca acaba.
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(Poema) Por esos campos
Volvió a llover.
Me dejé la ventana abierta con la guitarra
postrada sobre la cama,
se mojó.
No piensa parar este mayo
hasta que de un largo bufido exhale su último aliento.
Y aunque su primavera sea triste, aguacera y delirante
puedo amarla,
porque soy testigo de su brotar,
porque en el fondo sabe que el verano no será tan largo
como antaño
era en los círculos de la infancia,
mas su sol prenderá toda espiga que vea,
exprimirá cada riada hasta convertirla en arrugas.
Así son los veranos de tus campos, Antonio, y así me
quedo yo en ellos
procurando no acercarme demasiado a los fétidos pueblos
que,
encerrados en los horizontes intentan no morirse de ser
perdón, de sed…
Y aquí me quedo yo, deambulando
con cuidado y
evitando el secarral.
Así es como sucede lejos de mi arboleda,
mientras contemplo las gotas de mi ventana, que pronto se
evaporarán.

