Estuve un verano entero, un verano lleno de tardes donde
largas sesiones de nicotina y esfuerzo merecían la pena. A veces, borraba todo
el trabajo de las horas y volvía a asumir que volvería a empezar a la mañana
siguiente, no me importaba no salir, no me importaba no cenar, solo quería
seguir puliendo cada paso que daba dentro de mi estudio. No sé cuantas letras
empecé, cuantas acabé, cuantas cambié, cuantas tiré pero finalmente lo hice;
eran los "cien inviernos y un otoño roto", mi primera obra, solo
faltaba masterizarlo. Un día mi mundo se fue a la más absoluta mierda, todo se
acabó y yo perdí las ganas, perdí la cabeza y perdí los papeles; eso sin contar
las otras perdidas, que bofetada me dio la vida, nunca me dejará de doler.
Tuvieron que pasar muchos meses y bastantes kilómetros para que yo volviese a
recuperar esa ambición, tuve que pasar un puente pintado de negro hecho de cuerdas bañadas en alcohol y recuerdos,
desde el día en el que me quedé huérfano de padre empecé a ser hijo del
insomnio. Cuando quise volver me di cuenta de que ya no era el tiempo para esa
obra, había cambiado demasiado el asunto, esa obra era para mi, debía de empezar
la construcción de un nuevo proyecto, algo para el mundo.
"Cuéntales lo que vistes"
"Es tuyo, tú lo creaste, enséñaselo con la cabeza bien alta, saca pecho"
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