domingo, 16 de noviembre de 2014

16/11/2014

Estuve un verano entero, un verano lleno de tardes donde largas sesiones de nicotina y esfuerzo merecían la pena. A veces, borraba todo el trabajo de las horas y volvía a asumir que volvería a empezar a la mañana siguiente, no me importaba no salir, no me importaba no cenar, solo quería seguir puliendo cada paso que daba dentro de mi estudio. No sé cuantas letras empecé, cuantas acabé, cuantas cambié, cuantas tiré pero finalmente lo hice; eran los "cien inviernos y un otoño roto", mi primera obra, solo faltaba masterizarlo. Un día mi mundo se fue a la más absoluta mierda, todo se acabó y yo perdí las ganas, perdí la cabeza y perdí los papeles; eso sin contar las otras perdidas, que bofetada me dio la vida, nunca me dejará de doler. Tuvieron que pasar muchos meses y bastantes kilómetros para que yo volviese a recuperar esa ambición, tuve que pasar un puente pintado de negro  hecho de cuerdas bañadas en alcohol y recuerdos, desde el día en el que me quedé huérfano de padre empecé a ser hijo del insomnio. Cuando quise volver me di cuenta de que ya no era el tiempo para esa obra, había cambiado demasiado el asunto, esa obra era para mi, debía de empezar la construcción de un nuevo proyecto, algo para el mundo.

                   "Cuéntales lo que vistes"
                   "Es tuyo, tú lo creaste, enséñaselo con la cabeza bien alta, saca pecho"
                   


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