Ven
a este mundo.
Baja conmigo al terraplén de los
que solo muertos abusan de los vicios
ancestrales,
deleitate con la mejor rima, sacada
de la peor calaña, de la saliva de estos
animales.
Ven, habla con las marionetas sin
sombra que no pueden aspirar a ser
maniquíes rotos,
versos de los recuerdos de los poetas
incansables que no le temen a estar
solos.
Esta vez no va para nadie, esta
vez guardaré la tinta y sacaré mi propia
sangre
en versos, en guadañas de alquitrán que
me expliquen porque nuestro comer
significa hambre.
Vuelve a los regazos de los chistes
de mal gusto que atragantan, empapan,
inflaman, rompen; vuelve a la gran broma
callejera que emana cada hora y cada
minuto.
Quítame las ganas de vivir con un puñado
de mentiras, que me jodan desde el
pedestal
de los ignorantes que vagan por este
mundo temiendo a la muerte pero haciendo
apología del luto.
Derrama el agua de los malditos
pantanos de melancolía que se apoderan de
ti,
dale a tu propia voz los mejores gritos,
y unos años de silencio para los que
seguimos aquí.
Pinta para los daltónicos y admira,
¿increíble no?, como pierde cada segundo
la razón,
derriba el tabique nasal, tú respira,
dale de comer al cerebro y de beber al
corazón.
(Caminos de cemento y los charcos que no secan desde octubre)

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