viernes, 4 de julio de 2014


Ven a este mundo.

Baja conmigo al terraplén de los
que solo muertos abusan de los vicios ancestrales,
deleitate con la mejor rima, sacada
de la peor calaña, de la saliva de estos animales.

Ven, habla con las marionetas sin
sombra que no pueden aspirar a ser maniquíes rotos,
versos de los recuerdos de los poetas
incansables que no le temen a estar solos.

Esta vez no va para nadie, esta
vez guardaré la tinta y sacaré mi propia sangre
en versos, en guadañas de alquitrán que
me expliquen porque nuestro comer significa hambre.

Vuelve a los regazos de los chistes
de mal gusto que atragantan, empapan,
inflaman, rompen; vuelve a la gran broma
callejera que emana cada hora y cada minuto.

Quítame las ganas de vivir con un puñado
de mentiras, que me jodan desde el pedestal
de los ignorantes que vagan por este
mundo temiendo a la muerte pero haciendo apología del luto.

Derrama el agua de los malditos
pantanos de melancolía que se apoderan de ti,
dale a tu propia voz los mejores gritos,
y unos años de silencio para los que seguimos aquí.

Pinta para los daltónicos y admira,
¿increíble no?, como pierde cada segundo la razón,
derriba el tabique nasal, tú respira,

dale de comer al cerebro y de beber al corazón.
(Caminos de cemento y los charcos que no secan desde octubre)

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